Las lágrimas que sí consumen los vegetarianos

Ayer vi por televisión dos personas discutiendo sobre los motivos de los vegetarianos y veganos para adoptar esa clase de nutrición y un veterinario sosteniendo que los humanos somos omnívoros, enumerando las ventajas de una alimentación variada, basada en vegetales y frutas, junto con las diversas carnes, en proporciones saludables.

Tengo que admitir que los argumentos de ambos, a primera vista, tienen sus fundamentos. Pero, adentrándome en el análisis y en mi experiencia del trato con los campesinos argentinos que cultivan los vegetales, pensé que ellos y sus padecimientos nunca son tenidos en cuenta, sólo se consideran los de los animales.

En efecto, forma parte de mi vida la experiencia de ver a quienes labran la tierra, las chacras, sembrando, regando, sacando las hierbas invasivas, para luego cortarlas, empaquetarlas y vendérselas a una persona por poco más de un peso el kilogramo, aunque en los negocios de las ciudades se paguen precios exorbitantes por ellos.

Eso ocurre con las lechugas, las zanahorias, las cebollas, las rúculas, los ajos, los pimientos, los choclos, los duraznos, las peras, las nueces, las aceitunas, todo eso hecho con sus manos. Manos agrietadas por el frío, el laboreo de la tierra, la manipulación y cosecha de los frutos. Y mientras cultivan, no sólo su sudor amargo cae en la tierra y en las lechugas, también caen sus lágrimas.

Lloran porque saben que así nunca saldrán de la pobreza, de sus casas primitivas o precarias, de la falta de la educación necesaria para saltar afuera del terrible círculo en que se encuentran, de larguísimas jornadas laborales, de la falta de seguro de salud, lejos de los transportes y, muchas veces, sin agua potable ni electricidad.

Lloran porque sus hijos y los hijos de sus hijos tendrán el mismo destino, muchas veces indigno de los seres humanos.

Quiero dejar en claro que no estoy en contra del vegetarianismo, y menos aún a favor del sufrimiento de ningún ser vivo. No estoy de acuerdo con el encierro de por vida de las vacas a cuyas ubres tienen permanentemente conectados succionadores de su leche, al ganado que están en corrales de engorde ni a los padecimientos inherentes a su muerte, sin pastar al sol y al aire libre, como es natural para ellos. Tampoco estoy de acuerdo con que se agregue a su comida cantidades enormes de hormonas, antibióticos, y muchos químicos más, para aumentar la cantidad de la leche o de la carne. Lo mismo pienso respecto de todos los animales.

Ahora bien, si no quieres consumir carnes por el consternación que te provoca la vida confinada y la cruel muerte de los animales, me pregunto si estás dispuesto a consumir sólo los vegetales sobre los que se han derramado las angustias y penurias de los labradores que las produjeron para nosotros. Excepto que optemos por alimentarnos con vegetales y frutas de vivero o vegetales de hidroponias; en cuyo caso, es necesario disponerse a recibir los fertilizantes, pesticidas, y demás químicos que se agregan al agua de riego o de cultivo.

En síntesis, la vida humana actual no se adapta saludablemente a la vida en grandes o en pequeñas ciudades, donde todos los alimentos que las abastecen son producidos con el indigno sacrificio humano o casi artificialmente, cuando no totalmente de modo artificial. Ninguno de ambos extremos son aprobables.

Concretamente, tomando en consideración la industrialización alimentaria, puedo afirmar que ha privado al ser humano, y a los demás seres vivos, de una nutrición natural, acorde con su propia naturaleza. Y la vida en grandes centros urbanos, nos ha privado de una vida asoleada, con disponibilidad de tiempo para hacer ejercicios físicos y otras actividades al aire libre, de respirar aire limpio, de gozar relaciones interpersonales enriquecedoras para uno mismo y para la comunidad, de ocuparnos de los asuntos públicos que nos conciernen constituyendo pequeñas asociaciones participativas y de otro uso del tiempo que no sea más que trabajar, trabajar, trabajar y comprar, comprar y comprar objetos que, al cabo, nos quitan la paz.

Por todo esto, considero imperioso retomar la planificación habitacional desde una perspectiva a escala humana; eso mejorará sustancialmente la calidad de vida, comprendiendo la salud física y psíquica. También dará lugar al desarrollo espiritual, tan vivificante como negado por la postmodernidad y la involución de las relaciones comunitarias.  

Tengamos en cuenta que a esa escala, los pueblos pueden emplear medios de transporte no contaminantes; comunicarse a través de las tecnologías más eficientes; minimizar la gran industrialización alimentaria y realizarla con procesos sencillos, casi artesanales, sin sacrificar la prosperidad y la paz de los productores, facilitando el suministro de los bienes vitales de primera mano: el harina del molinero próximo; las frutas y hortalizas de las huertas provenientes de las tierras del mismo pueblo; la leche del tambo vecino; las delegaciones de las autoridades públicas al alcance de los pobladores; la educación cumplida en establecimientos más reducidos, donde los niños y jóvenes son conocidos por sus docentes y sus padres están comprometidos con éstos en la ardua tarea de educar; los vecinos pueden conocerse, deliberar y resolver asuntos de interés común; el panadero, el pastelero, el carnicero, el pescadero, puedan ofrecer sus productos y carnes sin conservantes ni químicos cancerígenos; el médico de familia; farmacéuticos que atienden a los pacientes en vez de vendedores sin conocimientos en la materia; el agua de fuentes sin más agregados que los de la sencilla potabilización; en fin… una vida más humana, más natural, más saludable, más digna.

No estoy proponiendo una vida al estilo medieval, sino repensando, a la luz de los resultados de la propia experiencia de habitar en grandes conglomerados urbanos y de cambios llevados a cabo en otras partes de mi país y del mundo, los lineamientos y objetivos de la planificación territorial: buscar siempre que los seres vivos convivan y se nutran mutuamente en comunidades menos complejas, sin tener que abastecerse de las lágrimas de todos.

María Elena Agradano

 

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