La Agenda 2030: Profecía del cambio del pensamiento

La Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando emitió la Resolución del 25 de septiembre de 2015 aprobatoria de la denominada Agenda 2030, seguramente fue consciente del cambio de los prototipos y creencias en torno a las cuales giraban las diversas civilizaciones y culturas gestadas y desarrolladas a lo largo del siglo XX. Las primeras consideraciones de la Resolución, expuestas bajo el título “Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”, son verdaderamente proféticas. No obstaculiza su carácter profético el que la mayoría de los parágrafos técnicos de la Declaración, cuyos contenidos se refieren a los asuntos particulares que abordan, no son coherentes con las consideraciones iniciales; lo mismo ocurre con los 17 Objetivos.

En tal sentido, centrándome en el lenguaje de las consideraciones preliminares de la Declaración, considero que es totalmente novedoso respecto del utilizado en casi todos los precedentes documentos de las Naciones Unidas. Así, el primer párrafo refiere que la Agenda 2030 es un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad. “Prosperidad” es un vocablo raramente utilizado en el estilo del Organismo internacional; generalmente se refiere al desarrollo y a éste se lo suele concebir como crecimiento y progreso económico.

Otro ejemplo de esta innovación es que el desarrollo sostenible, en este caso, presupone la “erradicación de la pobreza” en todas sus formas y dimensiones, incluida la pobreza extrema. De tal manera, la pobreza deja de ser un problema exclusivamente económico y ahora es estimado como un fenómeno mucho más extenso, comprensivo también de la miseria (pobreza extrema), cuyas causas son múltiples y muy complejas.

También introduce, como objeto del plan, fortalecer “la paz universal”, dentro de un  “concepto más amplio de libertad”. Lamentablemente, ninguno de los parágrafos de la Declaración alude a la significación de esa amplia libertad; habría sido muy relevante que lo hiciera para evitar la relación entre la inspiración de este plan con cualquier ideología. Sin delinear esa nueva concepción de la libertad podría implicar que la propuesta es “más de lo mismo”, carente de todo fundamento transformador del mundo actual.

Asimismo, la afirmación que más ha llamado mi atención es la relativa a la urgente implementación por todos los países y partes interesadas, mediante una “alianza de colaboración”.

El corolario que, definitivamente marca la calidad regenerativa de la decisión de las Naciones Unidas para el mundo presente, es su “transformación”: “Estamos decididos a tomar las medidas audaces y transformativas que se necesitan urgentemente para reconducir al mundo por el camino de la sostenidad y la resiliencia. Al emprender juntos este viaje, prometemos que nadie se quedará atrás”.

No todos los finales de épocas han sido pacíficos sino violentos, fruto de muchas confrontaciones, fanatismos, frivolidades, utilitarismos, y muchas catástrofes humanas,  todas ellas incluso armadas, que causan mucho daño. Las que existen actualmente son masivamente perjudiciales y potencialmente eficaces para destruir toda forma de vida en el planeta y aún modificarlo profundamente.

Por eso, el parágrafo 50 de la Agenda 2030 es la advertencia más impactante de toda la Declaración: “…Tal vez seamos la primera generación que consiga poner fin a la pobreza, y quizás seamos también la última que todavía tenga posibilidades de salvar el planeta. Si logramos nuestros objetivos, el mundo será mejor en 2030”.

Por su parte, el parágrafo 36 proclama la intención de fomentar el entendimiento entre distintas culturas, la tolerancia, el respeto mutuo y los valores éticos de la ciudadanía mundial y a la responsabilidad compartida. “Reconocemos la diversidad natural y cultural del mundo, y también que todas las culturas y civilizaciones pueden contribuir al desarrollo sostenible y desempeñan un papel crucial en su facilitación”. No se trata de unificar civilizaciones, como pretende la globalización, sino de convivir con el respeto de las creencias de cada una, y mantener relaciones de toda especie, incluso las económicas, y políticas, en el marco del diálogo como hilo conductor de las transacciones y las negociaciones apacibles, sobre la reafirmación de las comunidades y pequeñas sociedades y sus relaciones con la coalición global, fundadas en la colaboración mutua entre civilizaciones.

Además, el respeto de las creencias, etc., sostenido en el diálogo, puede contribuir a la humanización y evolución de las mismas a favor de la creación de mejores condiciones de vida de las diversas culturas y mayor dignificación humana de las distintas civilizaciones. Para mí, la polarización que rige esta época conlleva a que las civilizaciones y culturas se enfrenten en conflictos interminables o se diluyan en un mundo global sin identidad y en condiciones bélicas aunque no sean armadas, regido sólo por los sistemas financieros, sociales y políticos que no resuelven los problemas de los países, las comunidades y las personas y, menos aún, del planeta.

De tal manera, cuando la Agenda 2030 alude a la “transformación del mundo” es porque ha decidido propiciar un verdadero cambio. Hasta ahora, casi todas las prospectivas y pronósticos destructivos están hechos en función del mundo presente, tal como es; nadie quiere imaginarse un mundo con otro sistema político, otro sistema de producción y distribución de los recursos, otro estilo de pensamiento y otro modo de vida y esto es imprescindible si se busca una verdadera transformación como la propuesta en esta Declaración.

A eso se su suma el gran problema de la deuda de casi todos los Estados del mundo, particularmente los más pobres, y la presente pandemia del COVID-19 que dejará más pobreza entre los más pobres y también en los países más ricos, en todo el mundo; aún en los que deje menos muertos, dejará más pobres y en los países más pobres dejará más pobres, no sólo más muertos.

¿Cómo se superará esta situación sin un cambio sustancial y profundo? Sólo con una estricta e igualitariamente pactada colaboración entre comunidades, sociedades, estados, países, culturas y civilizaciones, fundada en un nuevo pensamiento; no hay opciones, no hay más imperialismos ni conquistas sin revolucionar todo el planeta. Cualquier otra solución no dará resultados notorios.

En ese sentido, y tomando esta situación, digo que la Agenda 2030 es profética, porque adopta ideas y propósitos superadores resumidos en uno: transformar nuestro mundo.

La posibilidad de esta transformación no es remota. Como lo afirman muchos científicos, para las situaciones extremas y la profunda crisis en que se encuentra la humanidad, no hay escasez de soluciones. Lo único que tenemos que hacer es un cambio profundo de nuestro estilo de pensamiento y esto es lo que más nos está costando lograr. En definitiva, afirman, no hay escasez de soluciones; al contrario, son sobreabundantes y no tienen que pasar varias generaciones para que el cambio social,  político, económico, ecológico y muchos más, se materialicen en nuestras vidas (Braden, Gregg; “El punto crucial”; Barcelona; 2014; pág. 73, ss y conc.).

En resumen, el detonanate de la extrema necesidad de  realizar las transformaciones del pensamiento es el hecho de que las formas de pensar y vivir de antaño y las actuales, ya no son sostenibles. No se trata de decir que aquéllas son formas que han fallado; es solo que ya todas nos han quedado pequeñas. Por eso es urgente transformar nuestra visión de la vida humana, de nuestras relaciones entre sí y con el ambiente, en todas sus aspectos y dimensiones, porque gran parte del mundo que hemos conocido estaba destinado a ser el puente que nos iba a llevar hacia una nueva forma de vida más que hacia un destino final inalterable y sin cambios.

A menudo es más fácil aferrarse a las formas de actuar del pasado que nos son conocidas, aun cuando esos hábitos ya no son buenos para nosotros, que hacer frente a las incertidumbres que lo “nuevo” puede aportar a nuestras vidas. Y esa transformación del pensamiento está orientada a que los objetivos a lograr se conviertan en verdaderas prioridades.

María Elena Agradano

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