La información objetiva subjetivamente ideologizada

Si nos conectamos a los diversos medios de comunicación social, sobre todo en tiempos críticos como el de esta pandemia de Covid-19, cambiando canales de televisión, diarios en papel o digitales, aún las redes informáticas y otros medios masivos de comunicación social, nos encontramos con datos contradictorios sobre el mismo o los mismos hechos. A ello se suma que las fuentes de esos datos suelen ser incomprobables por el público.

Es frecuente que se difundan cifras calificadas como “oficiales”, es decir, gubernamentales, pero se trata de información incontrastable y, por lo tanto, irrefutable. Esto se manifiesta con mayor severidad en el caso de los fallecimientos, contagiados o confinados, a causa del Covid-19. Sucede lo mismo con los porcentajes de la población que vive en la pobreza o la indigencia; el índice de desempleo; la coparticipación tributaria; la proporción de los ingresos de las empresas grandes, medianas o pequeñas y aún de los particulares, que percibe el Estado por mediante la recaudación impositiva (he oído que superaría el 70%); la calidad del sistema educativo y del sistema de salud, por mencionar algunos ejemplos.

Centrándonos concretamente en la situación provocada por el Covid-19 he accedido a una gran cantidad de información y ella es tan variada como variados son los medios masivos de comunicación que la publican. Por ejemplo, se anuncia que ayer tal fue el número de fallecidos y de contagiados, en tal y cual lugar. Pero no se están realizando autopsias, en consecuencia, se afirma que la mayoría son pacientes con diversas patologías previas, o que no han obedecido las normas del confinamiento o el distanciamiento social obligatorio ni las medidas de higiene. También se refiere que muchos de ellos eran residentes de geriátricos, pero sus familiares no pueden visitarlos ni verlos ni saber exactamente cuál es su estado de salud al momento de contraer, supuestamente, el Convid-19. Aún más, he oído denuncias de personas cuyos familiares han visto la constancia del certificado de defunción por Covid-19 pese a nunca fueron notificados por la institución sanitaria que padecían esa enfermedad y suponen que se debe a que algunas obras sociales abonan un monto de dinero por cada fallecimiento de pacientes con Covid-19. De igual manera, se difunde que los jóvenes salen sin la protección adecuada y luego contagian a sus padres y éstos a los abuelos y personas mayores de su entorno.

Lo cierto es que ninguno de esos datos son verificables ni existen registros objetivos estatales o privados; quienes los brindan suelen ser profesionales médicos o administrativos que tampoco cuentan con un registro ordenado y completo de los mismos.

No hay certeza, según estos medios, sobre el origen del virus: unos sostienen que fue diseñado y producido en laboratorios y otros, que como se encuentra en el ARN y no en el ADN, muta rápidamente y no se puede hallar una vacuna o un remedio pues no tiene identidad ni configuración única, mientras que otros aseguran que la vacuna estará lista para fin de año o para marzo o para el año 2022.

Todo sin contar que, según algunos comunicadores, la OMS ha dividido sus recomendaciones; por un lado, un alto funcionario de esa organización ha negado la eficacia del confinamiento social para detener los contagios, mientras que el Director General ha recomendado reforzar las medidas estatales sobre el confinamiento obligatorio de la población. Sin embargo, en el sitio web de la OMS no aparece ninguna mención al respecto.

Pese a todo lo expuesto, en todo el mundo se producen movilizaciones y peticiones que reclaman a los gobiernos levanten las restricciones del aislamiento pues ya son insostenibles económica, psicológica y socialmente.

El planteo, simplificado, es salud por encierro o hambre y quiebra por causas económicas. Salud o Economía. Una dicotomía que, expuesta así, resulta insoluble pero es muy conveniente para muchos intereses ocultos para el público.

De tal manera, a mi modo de ver, las informaciones que se divulgan a través de los medios masivos de comunicación son controversiales debido a que no están interesados en hacernos reflexionar sobre el fondo de las cuestiones involucradas en el Covid-19 ni en los otros grandes temas que ha sacado a la luz en su amplio y complejo espectro. Es que esos medios masivos responden, generalmente y con muy escasas excepciones, a las ideologías que pretenden imponerse en esta época, no sólo en materia económica sino también en los trasfondos jurídicos, políticos y sociales.

Tomando el caso del virus como botón de muestra, estamos ante dos pandemias: la de la grave y dañina alteración de la biología humana a causa del virus y la de la manipulación ideológica de la misma por los medios de comunicación, efectuada a través de la información ambigua e incontrastable que siembra una gran confusión en la sociedad.

A la vez, y por aquellas situaciones de gran relevancia que se han ocultado y se siguen ocultando a la sociedad, poco se dice sobre la razón por la que grandes empresas se van del país debido a la insólita presión impositiva, la paralización de las industrias y los mercados; los empleados pasan a ser desempleados; los pobres devienen en indigentes y la pobreza aumenta tanto o más rápidamente que el virus; las escuelas están cerradas; el Estado permite el aumento de las tarifas de los servicios públicos y de los combustibles pero no baja el gasto fiscal; los precios de los alimentos y de los medicamentos crecen día a día; la inseguridad es ya incontrolable y los hospitales están repletos de enfermos, porque el sistema sanitario no ha recibido las ampliaciones y adecuación tecnológica coherente con el crecimiento poblacional, desde hace muchas décadas. Y mucho más…

Un escenario de caos, confusión y temor, enojo, rebeliones embrionarias de la población, médicos que opinan que la pandemia es una cuestión pública que sólo ellos pueden resolver y no los políticos; médicos que asegurar la ineficacia del aislamiento social y políticos que subsidian aquí y allá sin realizar ninguna reforma estatal que ponga orden, confianza, seguridad y calma; personas públicas y privadas que sostienen la urgencia de adoptar medidas económicas correctivas de la peligrosa situación económica y empresarios, empleados y particulares que solicitan permisos de apertura de sus establecimientos y asistencia financiera estatal para mantenerlos en funcionamiento. Este conjunto es el contenido de las noticias que nos alimentan desde hace varios meses, y antes de la pandemia, la situación era igual más allá de los contenidos que involucraban.  

Es lo que ocurre cuando las ideologías se alzan por encima de la realidad y de las instituciones para defender intereses de sectores que ambicionan más y más poder e incrementar el que ya detentan. Poder, en este sentido, no es sinónimo de autoridad, sino posibilidad de proteger y acrecentar su preponderancia, fundamentalmente su poderío económico, con total menosprecio por el bien común, el bien personal y social.

Las ideologías se diferencias de los ideales y del pensamiento científico, filosófico y teológico; tampoco se trata de sistemas de pensamientos ni de sistemas de creencias. Se trata de opiniones más o menos ordenadas que parecen coherentes pero que sólo guardan una correspondencia con el o los intereses que defienden y propician. Intereses económicos, políticos, sociales, del dominio del conocimiento, la impunidad de la corrupción, la defensa del capitalismo salvaje o del socialismo anticomunitario, del comunismo capitalista, de las dictaduras, tiranías, despotismos, populismos, y tantos otros que ciertas minorías manipulan en beneficio del su mayor poderío.

En definitiva, las ideologías son monstruos de hierro con pies de barro; ahondando en sus opiniones articuladas al servicio de intereses repudiables, el aparente razonamiento o lógica interna se desmorona al poner de manifiesto que están ordenadas a propugnar esos intereses de los que son fieles y leales servidores.

Como parte de su estrategia se encuentra siempre la manipulación y, ya sabemos, cuán eficaz puede ser la manipulación de jóvenes idealistas, poblaciones sumidas en la miseria y, fundamentalmente, en la ignorancia.

Pero también las ideologías están en crisis. Están transitando los últimos estertores, en la vía de su extinción. El Covid-19, por si aún existían algunas dudas y vacilaciones, ha corrido los velos con los que las ideologías querían ocultar la realidad: estamos en una época de extremos, en un tiempo crucial. Ya no vivimos en naciones con economías, tecnologías, redes de energía ni sistemas de defensa aislados. Nos encontramos todos, habitemos en países ricos o en países pobres, con mejores o peores gobiernos, con mayores o menores recursos, con un nuevo conjunto de reglas para aplicar a nuestras vidas, a nuestras comunidades y al conjunto del mundo.

El virus nos ha despertado a un mayor nivel de conciencia. Ahora estamos comprobando lo que las ideologías negaban: viajamos todos en el mismo tren y es un viaje sin retroceso, bajo el mismo techo y sobre las mismas trochas recorremos idéntico camino los obreros, los jardineros, plomeros, empleados de industrias y comercios, ricos, multimillonarios, famosos e ignotos, exitosos y sencillos, científicos e ilustrados. Todos nos contagiamos mutuamente y nadie tiene una vacuna ni un medicamento a su disposición que lo ponga a salvo.

El único remedio es que asumamos, que seamos claramente conscientes, que todos compartimos, al mismo tiempo, este tránsito planetario, esta vida en común. No importa el peso de la mochila que cada uno lleve en sus espaldas, todos recorremos el mismo camino aquí y ahora.

El gran desafío que esta pandemia, como el de tantos temas cruciales, nos presenta el gran paradoja: o damos un salto evolutivo para superarla, o se seguiremos con más de lo mismo, o aún más, podemos llegar al estado en que esta civilización humana irreflexiva y fragmentada se extinga. Y eso va mucho más allá que el falso dilema de los opuestos ideológicos de elegir entre Salud y Economía.

Así, el verdadero enigma que nos impulsa a develar los modos de llevar a cabo una convivencia pacífica y recíprocamente enriquecedora, nos hará evolucionar en vez de extinguirnos como humanidad, en tal situación, podremos compartir las cargas para equilibrar el tren y que no descarrile por el excesivo peso de unos y la liviana escasez de los otros. Colaborar mutuamente es el único antídoto para los virus modernos.

Luego de expandir nuestra conciencia y abrazar los lazos de cooperación recíproca y sostenibilidad complementaria entre todas las civilizaciones y culturas, llegará como consecuencia coherente, la salud y la vida equitativa para todos.

Transmitir esto es la tarea más trascendente de los medios masivos de comunicación social. Y no es una ideología más, ellas ya no ocupan el gran estrado de este tiempo crucial.

María Elena Agradano

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