La Agenda 2030: Profecía del cambio del pensamiento

La Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando emitió la Resolución del 25 de septiembre de 2015 aprobatoria de la denominada Agenda 2030, seguramente fue consciente del cambio de los prototipos y creencias en torno a las cuales giraban las diversas civilizaciones y culturas gestadas y desarrolladas a lo largo del siglo XX. Las primeras consideraciones de la Resolución, expuestas bajo el título “Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”, son verdaderamente proféticas. No obstaculiza su carácter profético el que la mayoría de los parágrafos técnicos de la Declaración, cuyos contenidos se refieren a los asuntos particulares que abordan, no son coherentes con las consideraciones iniciales; lo mismo ocurre con los 17 Objetivos.

En tal sentido, centrándome en el lenguaje de las consideraciones preliminares de la Declaración, considero que es totalmente novedoso respecto del utilizado en casi todos los precedentes documentos de las Naciones Unidas. Así, el primer párrafo refiere que la Agenda 2030 es un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad. “Prosperidad” es un vocablo raramente utilizado en el estilo del Organismo internacional; generalmente se refiere al desarrollo y a éste se lo suele concebir como crecimiento y progreso económico.

Otro ejemplo de esta innovación es que el desarrollo sostenible, en este caso, presupone la “erradicación de la pobreza” en todas sus formas y dimensiones, incluida la pobreza extrema. De tal manera, la pobreza deja de ser un problema exclusivamente económico y ahora es estimado como un fenómeno mucho más extenso, comprensivo también de la miseria (pobreza extrema), cuyas causas son múltiples y muy complejas.

También introduce, como objeto del plan, fortalecer “la paz universal”, dentro de un  “concepto más amplio de libertad”. Lamentablemente, ninguno de los parágrafos de la Declaración alude a la significación de esa amplia libertad; habría sido muy relevante que lo hiciera para evitar la relación entre la inspiración de este plan con cualquier ideología. Sin delinear esa nueva concepción de la libertad podría implicar que la propuesta es “más de lo mismo”, carente de todo fundamento transformador del mundo actual.

Asimismo, la afirmación que más ha llamado mi atención es la relativa a la urgente implementación por todos los países y partes interesadas, mediante una “alianza de colaboración”.

El corolario que, definitivamente marca la calidad regenerativa de la decisión de las Naciones Unidas para el mundo presente, es su “transformación”: “Estamos decididos a tomar las medidas audaces y transformativas que se necesitan urgentemente para reconducir al mundo por el camino de la sostenidad y la resiliencia. Al emprender juntos este viaje, prometemos que nadie se quedará atrás”.

No todos los finales de épocas han sido pacíficos sino violentos, fruto de muchas confrontaciones, fanatismos, frivolidades, utilitarismos, y muchas catástrofes humanas,  todas ellas incluso armadas, que causan mucho daño. Las que existen actualmente son masivamente perjudiciales y potencialmente eficaces para destruir toda forma de vida en el planeta y aún modificarlo profundamente.

Por eso, el parágrafo 50 de la Agenda 2030 es la advertencia más impactante de toda la Declaración: “…Tal vez seamos la primera generación que consiga poner fin a la pobreza, y quizás seamos también la última que todavía tenga posibilidades de salvar el planeta. Si logramos nuestros objetivos, el mundo será mejor en 2030”.

Por su parte, el parágrafo 36 proclama la intención de fomentar el entendimiento entre distintas culturas, la tolerancia, el respeto mutuo y los valores éticos de la ciudadanía mundial y a la responsabilidad compartida. “Reconocemos la diversidad natural y cultural del mundo, y también que todas las culturas y civilizaciones pueden contribuir al desarrollo sostenible y desempeñan un papel crucial en su facilitación”. No se trata de unificar civilizaciones, como pretende la globalización, sino de convivir con el respeto de las creencias de cada una, y mantener relaciones de toda especie, incluso las económicas, y políticas, en el marco del diálogo como hilo conductor de las transacciones y las negociaciones apacibles, sobre la reafirmación de las comunidades y pequeñas sociedades y sus relaciones con la coalición global, fundadas en la colaboración mutua entre civilizaciones.

Además, el respeto de las creencias, etc., sostenido en el diálogo, puede contribuir a la humanización y evolución de las mismas a favor de la creación de mejores condiciones de vida de las diversas culturas y mayor dignificación humana de las distintas civilizaciones. Para mí, la polarización que rige esta época conlleva a que las civilizaciones y culturas se enfrenten en conflictos interminables o se diluyan en un mundo global sin identidad y en condiciones bélicas aunque no sean armadas, regido sólo por los sistemas financieros, sociales y políticos que no resuelven los problemas de los países, las comunidades y las personas y, menos aún, del planeta.

De tal manera, cuando la Agenda 2030 alude a la “transformación del mundo” es porque ha decidido propiciar un verdadero cambio. Hasta ahora, casi todas las prospectivas y pronósticos destructivos están hechos en función del mundo presente, tal como es; nadie quiere imaginarse un mundo con otro sistema político, otro sistema de producción y distribución de los recursos, otro estilo de pensamiento y otro modo de vida y esto es imprescindible si se busca una verdadera transformación como la propuesta en esta Declaración.

A eso se su suma el gran problema de la deuda de casi todos los Estados del mundo, particularmente los más pobres, y la presente pandemia del COVID-19 que dejará más pobreza entre los más pobres y también en los países más ricos, en todo el mundo; aún en los que deje menos muertos, dejará más pobres y en los países más pobres dejará más pobres, no sólo más muertos.

¿Cómo se superará esta situación sin un cambio sustancial y profundo? Sólo con una estricta e igualitariamente pactada colaboración entre comunidades, sociedades, estados, países, culturas y civilizaciones, fundada en un nuevo pensamiento; no hay opciones, no hay más imperialismos ni conquistas sin revolucionar todo el planeta. Cualquier otra solución no dará resultados notorios.

En ese sentido, y tomando esta situación, digo que la Agenda 2030 es profética, porque adopta ideas y propósitos superadores resumidos en uno: transformar nuestro mundo.

La posibilidad de esta transformación no es remota. Como lo afirman muchos científicos, para las situaciones extremas y la profunda crisis en que se encuentra la humanidad, no hay escasez de soluciones. Lo único que tenemos que hacer es un cambio profundo de nuestro estilo de pensamiento y esto es lo que más nos está costando lograr. En definitiva, afirman, no hay escasez de soluciones; al contrario, son sobreabundantes y no tienen que pasar varias generaciones para que el cambio social,  político, económico, ecológico y muchos más, se materialicen en nuestras vidas (Braden, Gregg; “El punto crucial”; Barcelona; 2014; pág. 73, ss y conc.).

En resumen, el detonanate de la extrema necesidad de  realizar las transformaciones del pensamiento es el hecho de que las formas de pensar y vivir de antaño y las actuales, ya no son sostenibles. No se trata de decir que aquéllas son formas que han fallado; es solo que ya todas nos han quedado pequeñas. Por eso es urgente transformar nuestra visión de la vida humana, de nuestras relaciones entre sí y con el ambiente, en todas sus aspectos y dimensiones, porque gran parte del mundo que hemos conocido estaba destinado a ser el puente que nos iba a llevar hacia una nueva forma de vida más que hacia un destino final inalterable y sin cambios.

A menudo es más fácil aferrarse a las formas de actuar del pasado que nos son conocidas, aun cuando esos hábitos ya no son buenos para nosotros, que hacer frente a las incertidumbres que lo “nuevo” puede aportar a nuestras vidas. Y esa transformación del pensamiento está orientada a que los objetivos a lograr se conviertan en verdaderas prioridades.

María Elena Agradano

La Justicia ajusticiada

Sin instituciones justas no hay vida y convivencia humana dignas. Por lo tanto, es muy importante hacer todos los aportes que estén al propio alcance para una teoría y práctica de instituciones justas, especialmente en los países de América Latina, donde la estructuración de la vida social, económica, política y cultural, tiende cada vez más no sólo a aprovecharse sino a marginar multitudes, a quienes se niega la posibilidad de una vida digna.

La crisis del welfare state, el derrumbe del socialismo, la crisis del capitalismo extremos y el arrollador avance del neoliberalismo con su consiguiente aumento de la brecha entre naciones y entre clases sociales, hacen cada más acuciante el problema de ir logrando en nuestro continente instituciones justas y genuinamente humanas.

Los aportes que se ofrecen en esta oportunidad, son modestos pero pretenden ser esclarecedores y orientadores, sobre todo están pensados desde el deseo de construir nuevas instituciones, auténticamente humanas, desde una situación institucional injusta e inhumana como la nuestra.

El tema de la reforma de la justicia ha sido ampliamente tratado en los últimos años, en foros de diversa índole. Así, puede hallarse Informes sobre los estudios y propuestas realizados por expertos pertenecientes a Organos de asistencia internacional tales como el PNUD y el BIRF, de diversos Colegios de Abogados del país, de asociaciones de Magistrados judiciales, de Universidades e instituciones académicas tanto nacionales como internacionales, y otra gran cantidad de  documentación que contiene opiniones de la más variada condición, expresiva de múltiples temperamentos e inclinaciones.

Por su parte, el Poder Ejecutivo nacional y algunas provincias argentinas, han elaborado proyectos de distinta envergadura. Así, en diciembre de 1.998 el Presidente de la Nación presentó el “Plan Nacional de Reforma Judicial” donde se formularon las “Propuestas para la Reforma del Sistema de Justicia” en el marco de una “Nueva justicia para el siglo XXI”.

En otras circunstancias históricas, a pesar del breve tiempo transcurrido desde que se elaboró aquel programa, en la Mesa del Diálogo Argentino se dejó constituida la “Mesa Permanente de Justicia del Diálogo Argentino” que ha producido diversos informes sobre el trabajo que vienen cumpliendo las comisiones y talleres que lo integran.

Todos los esfuerzos que se vienen realizando han orientado la investigación hacia los aspectos técnicos que involucra la reforma del Poder Judicial, aunque se diga que se trata de una transformación de la justicia en Argentina.

A título indicativo, cabe mencionar que en las reflexiones iniciales que prologaron el “Plan Nacional de Reforma Judicial” se decía que “el problema de administrar Justicia en forma eficiente y confiable no ha variado sustancialmente a través de la historia y creemos que no cambiará durante el próximo siglo”, por lo que las soluciones debían transitar por la modernización de la organización, la incorporación de tecnología y la adopción de nuevos métodos de trabajo, sobre todo incorporando los criterios de “productividad y eficiencia”, tanto en los aspectos estructurales como funcionales. Los problemas que debían resolverse, por su parte, eran los que consideraron la clave de los defectos del “sistema”: lentitud de los procedimientos, viejas estructuras organizativas de los Juzgados, escaso trato entre los jueces y los ciudadanos, anticuadas modalidades de trabajo, ineficiencia en el uso y administración de los recursos presupuestarios, etc.

Por tal motivo, los “componentes” que generalmente se identificaron, en el gran programa de “reforma de la Justicia” argentina son: Acceso a la justicia; Gestión; Infraestructura; Reformas administrativas; Reformas legislativas; Capacitación y Consenso.

Sin embargo, nada de lo mencionado alcanza a configurar una “teoría y práctica de instituciones justas”. La Justicia no debe ser reformada como institución, más que “reformada”, la Justicia debe ser “recreada”, más aún, profundamente transformada. Es importante que se adopten criterios de eficiencia, propios de las ciencias de la economía y la administración, pero estos, por sí solos, no generarán una “nueva Justicia”. Es imperioso, y cada vez más urgente, transformar la Justicia como institución pública de manera que, en un diálogo permanente y una interdependencia positiva y recíproca con la sociedad, pueda a su vez generar una sociedad más justa y contribuir a la humanización y dignificación de la vida.

Paralelamente, la impunidad ha pasado a ser una expresión de la incapacidad de las instituciones públicas y del cuerpo social para preservar la vigencia de la ley y sancionar eficazmente a quienes violan el orden jurídico. El incremento de la delincuencia -y su crueldad- y de la inseguridad colectiva ha sido exponencial en estos últimos tiempos, como también lo ha sido el aumento de la conflictividad y litigiosidad de una sociedad que pone en manos de los jueces toda clase de problemas personales e interpersonales, aún aquellos que deberían resolverse en ámbitos privados.

La saturación de los Tribunales y los ingentes esfuerzos que realizan sus agentes para dar respuesta a tantas y tan dispares situaciones sometidas a su consideración, se refleja como la paradójica contracara del desprestigio de las instituciones judiciales. Los ciudadanos no creen en la Justicia, pero llevan a ella todos sus contrariedades y vicisitudes conflictivas de su existencia, atiborran los Juzgados pero a la vez menos creen en ellos; a medida que crece su descreimiento más crecen sus expectativas de que sólo ellos pueden ofrecerles alguna solución a sus acuciantes problemas.

La falta de respeto de los derechos fundamentales de las personas, especialmente los derechos humanos, la vergonzosa omnipresencia de la pobreza y el deterioro de los niveles de educación, no dejan de constituir una escandalosa realidad contra la que las medidas intentadas hasta ahora han resultado infructuosas. La creciente pobreza y el derribamiento de los pobres a las zonas de la miseria más paupérrima e indigente, la deficiente educación que no brindan posibilidades salir de esa situación del nunca visto incremento del hambre hacia estados de prosperidad personal e integración social y otros factores que se refieren en diversos fallos judiciales, no pueden invocarse como causas de justificación de los delitos que se cometen.

Todos estos fenómenos, opuestos y contradictorios entre sí, demuestran que tanto la sociedad como las instituciones se manifiestan incapaces de gestar modelos de convivencia pacífica y mutuamente provechosas y siembran la percepción colectiva de que la ausencia de justicia se ha erigido en una de las principales claves de la actual convivencia social. Porque los Juzgados y Tribunales del Poder Judicial no pueden resolver los grandes problemas de la inequidad social en la que estamos inmersos en Argentina; todos los poderes públicos deben comprometerse por hallar soluciones a estas terribles condiciones de vida, que la pandemia del Covid-19 ha puesto a la vista, ha revelado en todos los aspectos de su crueldad. El Poder Judicial es el que menos puede aportar a la hora de hallar, creativa y responsablemente, una solución a la convivencia justa y pacífica del pueblo argentino, basada en un nuevo orden nacional, tanto económico, como educativos, sanitario, social, donde la justicia de las condiciones de vida no sea un término vacío de sentido. Ahora se propicia una reforma judicial que, por sus características puramente organizativas y de algunos procedimientos, no generará cambios sustanciales ni efectivos para alcanzar un nivel más elevado del actual sistema de la justicia institucional. Un gran gasto público más, sin ningún beneficio para la población. Una gran oportunidad perdida y que, ante la situación de grave emergencia sanitaria y el escandaloso aumento de los porcentajes de pobreza e indigencia, podía esperar y llevarse a cabo de una manera integral y con ideas creativas y transformadoras.

María Elena Agradano

Las lágrimas que sí consumen los vegetarianos

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Ayer vi por televisión dos personas discutiendo sobre los motivos de los vegetarianos y veganos para adoptar esa clase de nutrición y un veterinario sosteniendo que los humanos somos omnívoros, enumerando las ventajas de una alimentación variada, basada en vegetales y frutas, junto con las diversas carnes, en proporciones saludables.

Tengo que admitir que los argumentos de ambos, a primera vista, tienen sus fundamentos. Pero, adentrándome en el análisis y en mi experiencia del trato con los campesinos argentinos que cultivan los vegetales, pensé que ellos y sus padecimientos nunca son tenidos en cuenta, sólo se consideran los de los animales.

En efecto, forma parte de mi vida la experiencia de ver a quienes labran la tierra, las chacras, sembrando, regando, sacando las hierbas invasivas, para luego cortarlas, empaquetarlas y vendérselas a una persona por poco más de un peso el kilogramo, aunque en los negocios de las ciudades se paguen precios exorbitantes por ellos.

Eso ocurre con las lechugas, las zanahorias, las cebollas, las rúculas, los ajos, los pimientos, los choclos, los duraznos, las peras, las nueces, las aceitunas, todo eso hecho con sus manos. Manos agrietadas por el frío, el laboreo de la tierra, la manipulación y cosecha de los frutos. Y mientras cultivan, no sólo su sudor amargo cae en la tierra y en las lechugas, también caen sus lágrimas.

Lloran porque saben que así nunca saldrán de la pobreza, de sus casas primitivas o precarias, de la falta de la educación necesaria para saltar afuera del terrible círculo en que se encuentran, de larguísimas jornadas laborales, de la falta de seguro de salud, lejos de los transportes y, muchas veces, sin agua potable ni electricidad.

Lloran porque sus hijos y los hijos de sus hijos tendrán el mismo destino, muchas veces indigno de los seres humanos.

Quiero dejar en claro que no estoy en contra del vegetarianismo, y menos aún a favor del sufrimiento de ningún ser vivo. No estoy de acuerdo con el encierro de por vida de las vacas a cuyas ubres tienen permanentemente conectados succionadores de su leche, al ganado que están en corrales de engorde ni a los padecimientos inherentes a su muerte, sin pastar al sol y al aire libre, como es natural para ellos. Tampoco estoy de acuerdo con que se agregue a su comida cantidades enormes de hormonas, antibióticos, y muchos químicos más, para aumentar la cantidad de la leche o de la carne. Lo mismo pienso respecto de todos los animales.

Ahora bien, si no quieres consumir carnes por el consternación que te provoca la vida confinada y la cruel muerte de los animales, me pregunto si estás dispuesto a consumir sólo los vegetales sobre los que se han derramado las angustias y penurias de los labradores que las produjeron para nosotros. Excepto que optemos por alimentarnos con vegetales y frutas de vivero o vegetales de hidroponias; en cuyo caso, es necesario disponerse a recibir los fertilizantes, pesticidas, y demás químicos que se agregan al agua de riego o de cultivo.

En síntesis, la vida humana actual no se adapta saludablemente a la vida en grandes o en pequeñas ciudades, donde todos los alimentos que las abastecen son producidos con el indigno sacrificio humano o casi artificialmente, cuando no totalmente de modo artificial. Ninguno de ambos extremos son aprobables.

Concretamente, tomando en consideración la industrialización alimentaria, puedo afirmar que ha privado al ser humano, y a los demás seres vivos, de una nutrición natural, acorde con su propia naturaleza. Y la vida en grandes centros urbanos, nos ha privado de una vida asoleada, con disponibilidad de tiempo para hacer ejercicios físicos y otras actividades al aire libre, de respirar aire limpio, de gozar relaciones interpersonales enriquecedoras para uno mismo y para la comunidad, de ocuparnos de los asuntos públicos que nos conciernen constituyendo pequeñas asociaciones participativas y de otro uso del tiempo que no sea más que trabajar, trabajar, trabajar y comprar, comprar y comprar objetos que, al cabo, nos quitan la paz.

Por todo esto, considero imperioso retomar la planificación habitacional desde una perspectiva a escala humana; eso mejorará sustancialmente la calidad de vida, comprendiendo la salud física y psíquica. También dará lugar al desarrollo espiritual, tan vivificante como negado por la postmodernidad y la involución de las relaciones comunitarias.  

Tengamos en cuenta que a esa escala, los pueblos pueden emplear medios de transporte no contaminantes; comunicarse a través de las tecnologías más eficientes; minimizar la gran industrialización alimentaria y realizarla con procesos sencillos, casi artesanales, sin sacrificar la prosperidad y la paz de los productores, facilitando el suministro de los bienes vitales de primera mano: el harina del molinero próximo; las frutas y hortalizas de las huertas provenientes de las tierras del mismo pueblo; la leche del tambo vecino; las delegaciones de las autoridades públicas al alcance de los pobladores; la educación cumplida en establecimientos más reducidos, donde los niños y jóvenes son conocidos por sus docentes y sus padres están comprometidos con éstos en la ardua tarea de educar; los vecinos pueden conocerse, deliberar y resolver asuntos de interés común; el panadero, el pastelero, el carnicero, el pescadero, puedan ofrecer sus productos y carnes sin conservantes ni químicos cancerígenos; el médico de familia; farmacéuticos que atienden a los pacientes en vez de vendedores sin conocimientos en la materia; el agua de fuentes sin más agregados que los de la sencilla potabilización; en fin… una vida más humana, más natural, más saludable, más digna.

No estoy proponiendo una vida al estilo medieval, sino repensando, a la luz de los resultados de la propia experiencia de habitar en grandes conglomerados urbanos y de cambios llevados a cabo en otras partes de mi país y del mundo, los lineamientos y objetivos de la planificación territorial: buscar siempre que los seres vivos convivan y se nutran mutuamente en comunidades menos complejas, sin tener que abastecerse de las lágrimas de todos.

María Elena Agradano

 

Simplificar para fortalecer las instituciones

Buenos Aires Times | Inflation in March hit 3.3% amid lockdown ...

Un oxímoron más axiomático que los anteriores es el que intento abordar en estas notas. Es que el fortalecimiento institucional se ha entendido como la mejora de la eficiencia y la eficacia de las instituciones estatales y civiles o ciudadanas, principalmente a nivel organizacional. Se necesitan instituciones “más fuertes” para dar una mejor y más rápida solución a los problemas y desafíos que deben afrontar.

Más próximos en el tiempo, el concepto de fortalecimiento institucional se ha vinculado a la capacidad de los Estados y de la sociedad civil para gestionar sus recursos y los que reciben de la cooperación internacional para el desarrollo, incluyendo la sensibilización social para promover la gobernabilidad democrática como agentes del desarrollo.

No obstante, lo que comúnmente sucede es que a nivel organizativo, las instituciones estatales han supuesto que la mejor manera de lograr el fortalecimiento de sus instituciones es el desdoblamiento de los Organismos y Entidades Públicas en suborganismos con múltiples funciones de menor jerarquía, lo que implica el incremento masivo de personal, agentes o funcionarios, provocando así un sobredimensionamiento de las instituciones respectivas. Este fenómeno, muy habitual en los países más desfavorecidos, ha conducido a una difuminación, pérdida de sus contornos y contenido de su misión específica, con el consiguiente desvanecimiento y dilución de las atribuciones conferidas por el ordenamiento jurídico-institucional. De manera tal que su existencia no resuelve ninguno de los objetivos que se persiguieron al crearlas.

En los casos de donaciones de organismos públicos a fundaciones estatales o privadas con miras a su fortalecimiento y al desarrollo, el derroche de los fondos y demás recursos públicos también se ha visto signado por la ineficacia e ineficiencia de ambas partes al dar respuesta a las carestías y a los retos que debían afrontarse.

Un ejemplo claro de este escenario es el de los Parlamentos latinoamericanos. Por ejemplo, en mi país, la República Argentina, en el Congreso Nacional hay 20 asesores para cada senador y 8 empleados para cada diputado. En total, se trata de 3.631 empleados para 72 senadores y 257 diputados; sin embargo, hay diputados y senadores que cuentan entre 33 y los 49 asesores. Es decir que contamos con 329 miembros del Congreso, más de 3.800 empleados y en 2.019 hubo sólo 10 sesiones. Dado que los otros Poderes republicanos nacionales sucede una realidad similar, en términos generales se puede afirmar que el peso de la política en el Presupuesto Nacional excede al de muchos países en relación a la cantidad de la población y las instituciones, lejos de alcanzar el fortalecimiento han devenido en organismos de gran tamaño y escasísima eficiencia.

En idénticas circunstancias se encuentra otra institución, relativa a los fondos públicos, los sistemas tributarios de los países más pobres. Ellos, lejos de favorecer la formación de pequeñas, medianas y grandes empresas ordenadas a la producción de riqueza, fundamentalmente, a través de regímenes razonables de explotación de sus recursos naturales y de la agregación de su valor comercial con la elaboración de las materias primas, los obstaculiza, los desarticula y los desalienta.

También en una situación similar, dentro del concepto de simplificación institucional para su fortalecimiento, se halla el del Ordenamiento Jurídico como institución fundamental del Estado. La expresión ordenamiento jurídico, considerado desde su aspecto positivo, alude al “conjunto unitario y coherente de normas jurídicas que rigen en un cierto momento dentro de un ámbito espacial determinado”. En tal sentido, el ordenamiento jurídico no es un conjunto yuxtapuesto, atiborrado y caótico de preceptos o normas jurídicas, sino que reconocen un fundamento común de validez, que a su vez les permite ser coherentes e íntegras. Así, unidad, coherencia e integridad constituyen los problemas fundamentales que plantea el ordenamiento jurídico.

Pero los sistemas jurídicos nacionales se han convertido en verdaderos laberintos intransitables y de los que no pueden salir ni siquiera quienes creen conocerlos. La simplificación de ellos también es imprescindible, para que tanto los poderes públicos como los habitantes, tengas reglas claras de convivencia y nítidas configuraciones de sus relaciones recíprocas y de la convivencia social. Privilegiar la positivización de valores éticos, civiles, democráticos, de honestidad y honorabilidad, es de gran urgencia. De lo contrario, difícilmente se logrará la paz social.

De tal manera, se puede afirmar que estamos en presencia de la paradoja entre las estrategias destinadas a fortalecer las instituciones y los resultados obtenidos, cuando se consiguen algunos, realmente. Expresándolo de un modo breve, resulta imperioso recuperar la sensatez para hallar las mejores soluciones a la situación generalizada que he planteado. Digo que aparece aquí la paradoja aludida al inicio porque fortalecer las instituciones implica, necesariamente, simplificar su organización, especificar las misiones y funciones de cada uno de ellos y adoptar los planteles de personal a los requerimientos específicos.

Por tales razones, considero que la simplificación se refiere a ordenar, unificar organismos que cumplen las mismas tareas y evitar la complejidad de los msimos, sus estructuras y funcionamiento, tanto de las Administraciones Central y Descentralizadas como la organización, estructura y funcionamiento de los Poderes Legislativos y Judicial del Estado, del ordenamiento jurídico -particularmente el tributario- y de los procesos que llevan a cabo en el cumplimiento de sus funciones específicas.

Una simplificación de este alcance exige un compromiso con el mejor desempeño institucional de un país a fin de lograr un óptimo desarrollo sustentable, con la consiguiente disminución de la pobreza y el aumento de la calidad de vida de sus habitantes, considerados la misión fundante de los Estados de Derecho, y sin descartar otros objetivos principales del desempeño de sus autoridades.

Simplificar y ordenar las instituciones que conforman los Poderes Públicos, principalmente los constitucionales, conllevará, sin dudas, al fortalecimiento de instituciones, que siendo más sencillas serán, a la vez, más eficaces. El sistema actual es insostenible, la tarea a realizar es urgente. Impedir que esta transformación conduzca a una centralización de la autoridad pública, a una tiranía, una dictadura o a una autocracia, es el mayor peligro que se debe prevenir para evitarlo.  

María Elena Agradano

Las secuelas del Covid 19 en el orden mundial

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Por María Elena Agradano

Buenos días, señora. Gracias por recibirme, y por su disposición para responder estas breves preguntas.

No tiene que agradecerme, la agradecida soy yo, por darme una oportunidad de difundir la opinión de muchas personas de gran relevancia.

Estima que el Covid 19, una vez que termine la pandemia por las diversas razones que ello puede ocurrir ¿dejará secuelas en el mundo actual? ¿Cuáles serían, a su criterio?

Sí, considero que dejará muchas secuelas, pero la mayoría de ellas son imprevisibles, porque es imprevisible también cuándo y cómo terminará la pandemia. Lo mejor sería que acabara muy pronto y que fuera por el hallazgo de una vacuna o un antídoto o por su propia extinción, como ha ocurrido con otras grandes epidemias.

En cualquiera de estos casos, lo cierto es que, como se difunde ampliamente, habrá aumentado la pobreza en todo el mundo. Muchos trabajadores independientes y de pequeños emprendimientos personales o familiares, es posible que pierdan su fuente de ingresos. Así mismo, es posible que se pierdan muchos empleos en diversas industrias y corporaciones empresarias en general. Ante la caída en la pobreza, personas que estaban habituadas a tener un ingreso más o menos permanente para sustentar sus necesidades fundamentales, ahora no tienen habilidades para “ganarse la vida” de otro modo, y eso los llevará a convertirse en pobres.

Pero más allá de la pobreza, aumentará sensiblemente lo que ya existe en todo el mundo: la miseria. A la miseria la configuran condiciones infrahumanas en que puede vivir una persona, una familia, una comunidad. Y eso es mucho más grave que la pobreza.

Sin embargo, la pobreza y la miseria no son cuestiones cuantitativas; mientras existan pobres y miserables en el mundo, sin importar su cantidad, nadie podrá sentirse invulnerable ni fuera del alcance de estas dos formas de catástrofes de origen humano. Ellas han emergido con mayor visibilidad luego de una catástrofe natural, aunque una catástrofe de origen humano, por ejemplo la pandemia del Covid-19, nos pone ante la evidencia de que cada vez estamos más involucrados y vinculados con la vida de los otros, con los que formamos diversos niveles comunitarios, incluso la propia familia.

Pensar hoy que estas secuelas serán para los más pobres y los miserables, es una idea de separación interpersonal e intercomunitaria ya insostenible a la luz de los descubrimientos científicos de los últimos cincuenta años.

Desde el punto de vista económico ¿piensa que habrá otros efectos del Covid-19 en el mundo actual?

Si, pienso que sí. Es lo que llamo el efecto más es menos. Paralelamente al aumento desmesurado de la pobreza y la miseria, habrá menos personas y empresas que concentrarán más y más riqueza.

Prestemos atención que el 1% de los ricos del mundo acumula el 82% de la riqueza global, según el informe de Katie Hope para BBC News, y que el 99 % de la población posee, con profundas desigualdades, el poco más del 15 % de los bienes.

La riqueza del mundo no sólo sigue en manos de una pequeñísima minoría sino que la brecha entre los superricos y los pobres se agranda aún más. Esa es la afirmación de la organización caritativa británica Oxfam, que asegura que 82% del dinero que se generó en el mundo en 2017 fue al 1% más rico de la población global. Mientras tanto, la otra parte del planeta, incluyendo a los más pobres, no vio ningún incremento en sus ganancias. Según Oxfam, las cifras -que algunos críticos cuestionan- muestran un sistema fallido. La ONG responsabiliza de esta desigualdad a la evasión de impuestos, la influencia de las empresas en la política, la erosión de los derechos de los trabajadores y el recorte de gastos.

En pocas palabras, la riqueza se concentra cada vez más en menos personas y empresas, y los Estados no hacen nada por evitarlo. Al contrario, se ven gobernados por esos ricos y lo consienten, cuyas fortunas superan ampliamente el PBI de muchos países juntos. Aquí aparece el estallido de la corrupción, sobre todo en los países con menores recursos de sus habitantes.

Es fácil afirmar que los Estados menos desarrollados del mundo, serán gobernados por los grandes ricos y, que para evitar esto, desde hace años, se produjo el movimiento de la integración, cada vez es más fuerte, por ejemplo, en Europa.

El coronavirus dejará, así, más pobres y menos ricos pero con mayor concentración de las riquezas del mundo actual y con el incontrolable poder de gobernar los Estados. 

Por otra parte, la conformación política e institucional de todos los países, está abriéndose a la posibilidad de colaborar mutuamente para combatir el virus, aunque todavía prevalecen los intereses particulares sobre el bien común que inspiró la creación de aquéllos. También el coronavirus ha expuesto la fragilidad e inoperancia, tanto de los Estados menos favorecidos como los más desarrollados, para detener una epidemia que se expande por toda la Tierra y de la que nadie puede sentirse a resguardo. 

La situación que Ud. describe venía desde antes del Covid 19

Sí, es verdad. El Covid 19 la ha puesto en evidencia y sus secuelas agravan la situación de un mundo cuyos estilos de pensamiento, creencias sociales y comportamientos estatales, estaban en un nivel agónico. De aquí en adelante, y ésta es, paradójicamente, una secuela beneficiosa que deja la pandemia, alerta sobre la necesidad imperiosa de cambiar esos estilos de pensamiento y sistemas de creencias. De lo contrario, ya toda la Humanidad puede desaparecer. Véase que, en este estado de cosas, en este profundo desorden mundial, la fragilidad de todas sus instituciones no son capaces de dar respuestas a un virus, y ésto puede acabar en enfrentamientos sociales y hasta en una guerra armada, con la consecuente destrucción planetaria. 

¿Ud especula sobre alguna solución para lograr una mayor equidad futura?

Pienso que la Agenda 2030 de las Naciones Unidas dio un paso muy grande en la evolución de la Humanidad. Su preámbulo y los primeros parágrafos de la Declaración, incluyendo especialmente los parágrafos 50 y 53, abren un ámbito para una verdadera transformación del mundo actual. Yo creo en ellos. Pero los objetivos y metas son “más de lo mismo”, no hay coherencia entre ellos y los primeros. De tal manera, se pone de manifiesto que en el seno de las Naciones Unidas, en el 70º aniversario de su creación, sigue confrontando sus decisiones con las representaciones técnicas de los Estados miembros, que siempre buscan eludir los compromisos alcanzados en el ámbito político mundial.

Si este Organismo planetario no hace prevalecer sus decisiones políticas, económicas, sociales y de la prosperidad y la paz mundial, propiciando la más grande de sus disposiciones como es la Alianza de Colaboración de los todos los países, respetando su soberanía y sus prioridades, no se alcanzará ni la paz ni la prosperidad, no se erradicará la pobreza ni todas sus consecuencias de degradación humana.

En resumen, la elevación de la consciencia ha demostrado que la unidad de la Humanidad es una realidad insoslayable y, por eso, urge adecuar la organización pública y la organización privada, la educación, la atención de la salud, el aprovechamiento de los recursos naturales, el cuidado climático y todos los estilos de pensamiento y los sistemas de creencias,  a esta conciencia, que venía afirmándose desde el siglo XX y que ahora se manifiesta como ineludible a la hora de definir qué futuro queremos, a corto y a mediano plazo.

Ello presupone agradecer los adelantos que nos dejaron los siglos XIX y XX pero, a la vez, entender que ya agotaron su capacidad de resolver los desafíos de la vida humana actual y aceptar que todas los descubrimientos científicos, especialmente los ocurridos en los últimos treinta años del siglo XX nos abren un horizonte hacia otro modo de vida, mucho más humanizante y evolocionado desde la perspectiva de la unión de los pueblos, del respeto y colaboración mutua y un desarrollo generalizado. No es lo mismo que fortalecer la globalización, pues ésta no ha hecho sino extender los problemas de los países ricos hasta los confines de los países pobres, con un enfoque exclusivamente económico y, más limitado aún, con un enfoque puramente financiero. Las finanzas, en definitiva y como resultado de la globalización, han reemplazo cualquier organización basada en un orden política y social favorable a los hombres. 

Pero, el documento de las Naciones Unidas que refiere, fue escrito antes de la pandemia.

Así es, porque la pandemia ha desenmascarado el orden de cosas preexistente. Por eso adquiere mayor relevancia y vigencia en este tiempo; nadie puede hoy investigar científicamente, trabajar por la elaboración de una vacuna, encontrar el antídoto -si fue un virus manipulado en un laboratorio, el antídoto ya está disponible en el mismo laboratorio que se creó el nuevo virus-, sin integrar las diversas culturas y civilizaciones en esta Alianza planetaria; de lo contrario, todos quedamos expuestos a sus efectos personales y a sus secuelas mundiales

¿En tales condiciones, cómo podremos evitar estas secuelas?

En primer lugar, el poder político debe dejar de concebirse como poder sino como autoridad política, más allá de las formas de Estado y de gobierno que tienen los diversos países. En segundo lugar, es urgente realizar la Alianza mundial en la que todos los Estados puedan poner límites a los grandes poderes que confiere la riqueza de unos pocos, porque estos últimos se ponen fácilmente de acuerdo sobre las estrategias de acción para incrementar sus riquezas y su poder en el mundo. En tercer lugar, formar Alianzas regionales y parciales que puedan llevar a cabo y sostener en sus países las medidas adoptadas en común por la gran Alianza mundial.

El gran desafío es promover la toma de consciencia según la cual, en esta era, nadie se salva solo. Compartir los recursos científicos, tecnológicos, naturales, la educación, la ayuda comunitaria, el amparo de los más desprotegidos sin mirar en qué territorio se encuentran y muchas estrategias más, podrán paliar, gradualmente, esta pandemia y todos los daños que la Humanidad sufre y sufrirá en los próximos tiempos, tal vez no muy lejanos.

¿Qué puede decir a modo de conclusión?

Una expresión que, a fuerza de ser repetida sin tener cabal consciencia de su significado, es que todos somos uno. Nada de lo que ocurra a una porción de la Humanidad le resultará ajena al resto. Cuando entendemos el sentido de esta aseveración, cuidaremos de los demás pues así es como nos cuidamos a nosotros mismos. Hoy es necesario compartir los medios de asistencia sanitaria entre los países más favorecidos y los más pobres, compartir los avances científicos y tecnológicos, la asistencia financiera y la desaparición de la corrupción tanto pública como privada.

Desde que finalizaba el siglo XX se perfilaba un cambio imperceptible pero intenso sobre la urgencia de dar un salto evolutivo en las ideas humanas respecto de las precedentes. El Covid 19 ha marcado la hora de darlo; afortunadamente, hay muchas personas, muchas más de las que pueda sospecharse, que están obrando a favor de este salto que libere a la Humanidad de su propia degradación. 

Muchas gracias por recibirme. Hasta pronto.

(Entrevista a mí misma)

El derrumbre de las ruinas circulares

Las ruinas circulares - Imagen

En mi opinión, “Las ruinas circulares” de Borges pueden comprenderse como una metáfora de la modernidad, en la que los políticos pretendieron “crear” un hombre nuevo, una sociedad nueva, un Estado nuevo y una nueva comprensión del hombre en sí mismo y de la humanidad. 

El templo circular convertido en ruinas, no es más que el símbolo de las creencias religiosas medievales, muchos de cuyos templos fueron asolados por el fuego. El hombre que permanece indemne a todo, no es más que el o los ideólogos que inducen a aceptar sus sueños de crear un ser perfecto, sobre el que tiene un claro paternalismo. Recurre a las ciencias con el objetivo de hallar un buen discípulo que sea permeable a su ideología, que propone desde una tarima. Tarima sobre elevada en un anfiteatro, donde el profesor-soñador se posiciona por encima de los estudiantes, no siempre por razones visuales y acústicas sino, generalmente, porque “es más” debido a su saber.

Detecta el profesor un alumno dócil e inteligente, lo alecciona especialmente, pero este nuevo hombre resulta ser un fracaso. En el segundo intento, el personaje creado sólo sueña, no se inserta ni transforma la realidad. Entonces, recurre al dios del Fuego, el dios de la guerra, portador de las llamaradas reales y concretas con las que pretende que el hijo despierte y convierta la realidad en ese orden que consiste en la ideología del padre.

A mi modo de ver, con esta interpretación personal de “Las ruinas circularles” sólo pretendo aludir a cómo la modernidad ha agotado lo que quiso imponer aun violentamente: la bipolaridad de la concepción del hombre, de la política, de la comunidad, del Estado, la economía, el derecho, es decir, todo, incluso ciencias como la física, la matemática, todas las ciencias “duras”.  Bipolaridad ideológica que no sólo aún perdura sino que, viéndose abrumada por su falta de aceptación generalizada –excepto los jóvenes dóciles e idealistas- sus agónicos beneficiarios buscan a toda costa sostenerla en la clara defensa de sus intereses propios.

Sin embargo, la humanidad tiene una fuerza vital, interna, que la impulsa a evolucionar. Y hoy rechaza –a veces sin comprender muy bien esa bipolaridad- la fragmentación que produce. Estoy convencida que todo aquel estilo de pensamiento que sostuvo la modernidad, se va dejando atrás. Con gratitud por todo lo que aportó, le estamos diciendo adiós. Porque de la misma fuerza vital que la inspira, surgirán nuevas instituciones humanizantes; estilos de pensamiento que se pongan por encima de los dos opuestos y los integren en ideas e ideales no destructivos (no ideologías de dirigentes ávidos de proteger sus intereses personales en desmedro de los intereses comunes); protección de la naturaleza y uso racional de los recursos naturales; educación más ética y menos enciclopédica… Porque sin ética, valores y cuidado del otro, no hay evolución humana posible.

María Elena Agradano

El valor inestimable de los juristas

Juristas II - imagenCuando era una joven estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales, un gran Maestro me enseñó que el Derecho es uno. La unidad del Derecho es incontrastable: las personas no piensan en términos de Derecho Civil o Comercial, Penal, Contravencional, Aduanero, Cambiario, etc. Piensan y saben, la mayoría de la veces, si sus comportamientos se ajustan o no al Derecho vigente. Más aún, hasta las personas menos evolucionadas y también las menos instruidas, entienden cuándo su proceder está justificado por las normas sociales y cuándo las transgrede.

A la hora de designar funcionarios judiciales y otros funcionarios que se desempeñarán en el Estado asesorando a quienes están a cargo del ejercicio de funciones públicas, o impartiendo justicia, o dictaminando sobre los derechos y obligaciones de las personas en sus diversas situaciones jurídicas, equivocadamente se busca abogados “especialistas” en esta o aquella rama del Derecho. Los fracasos de esos profesionales y la frustración de quienes acuden al Estado a buscar la tutela jurisdiccional que es uno de sus derechos primigenios, es evidente. En Argentina, ésto es palpable, palpita en las venas de la población, de los habitantes, de los ciudadanos. Porque la mirada del funcionario es parcial y sesgada: no tiene los ojos vendados, es que sólo tiene una porción de la visión de un solo ojo!!!! No puede ver lo que está incapacitado para ver. Así como los nativos americanos no podían ver las carabelas de Colón, porque no las habían visto nunca y esas formas que se desfiguraban en el horizonte, de las que descendían seres revestidos de cascos y armaduras de metal, les eran ajenas a su conocimiento y a su experiencia. 

Ahora en Argentina se debe elegir un nuevo Procurador General de la Nación. Los nombres que se deslizan entre los nominables son “especialistas”, generalmente en Derecho Penal. Ninguno es un jurista, es decir, quien entienda y aplique el Derecho en su integridad. Por eso la balanza de la Señora Justicia seguiría inclinada, nunca equilibrada. 

En un mundo regido por el principio de la polaridad, polarizar la Justicia estatal será el peor de los errores para este tiempo de cambio y evolución. Muchas veces pienso que la venda está puesta en nuestros ojos y la balanza está en manos ajenas; la inclinan con los ojos bien abiertos hacia el polo que más les conviene. El pueblo lo ve, lo sabe, y se siente ofendido en sus más hondas aspiraciones terrenales. 

Mi esperanza está obrando en mí para que se expanda a mi país y las autoridades puedan designar un gran y sabio jurista en el cargo de Procurador General de la Nación, porque su misión es mantener en equilibrio el fiel de la balanza. Para todos nosotros. Para los poderes públicos. Para la humanidad entera en la que se expande el obrar de cada ser. Ya es tiempo de comprender lo que se descubrió hace 45 años, que «El aleteo de una mariposa en Brasil puede producir un tornado en Texas», frase incluida por Lorenz en su conferencia del 29 de diciembre de 1972 en una sesión de la reunión anual de la AAAS (American Association for the Advancement of Science). Parece que estamos un poco demorados en el aprendizaje, no?